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El dinero de las mujeres / “Viudas de”

Desde Edmund Burke hasta Antonin Scalia y Donald Trump, desde John C. Calhoun hasta Ayn Rand, La mente reaccionaria avanza la idea de que todas las ideologías de derechas, desde el siglo xviii hasta hoy, son improvisaciones sobre el mismo tema: la experiencia vivida de tener poder, verlo amenazado y tratar de mantenerlo.

¿Sesgos ocultos u ocultados?


Los cambios tienen autoría

Texto del artículo de María Telo en ABC (Madrid), pág. 64 el 18/01/1998

Interesada por el libro “Historia de las mujeres en España”, de las profesoras Elisa Garrido, Pilar Folguera, Margarita Ortega y Cristina Segura, su lectura me ha llevado a constatar que donde se trata el final del franquismo y de la democracia y cambio social, hay una gran laguna que nos afecta a las mujeres juristas que tanto luchamos por erradicar del Derecho de Familia (Código Civil y Código de Comercio) el trato discriminatorio que la mujer sufría.

Cuando en septiembre de 1969 yo inicié la lucha por liberar a la mujer de las cadenas jurídicas, su situación era tan vejatoria y alienante dentro de la familia, con proyección en lo público, que había artículos como el 1263, que situaba a la mujer casada entre los menores, los locos o dementes y los sordomudos que no sabían leer ni escribir. El artículo 57 obligaba a la mujer a obedecer al marido y la licencia marital era como su sombra para todos los actos de la vida. Sin licencia, prácticamente, la mujer sólo podía hacer testamento.

Sin licencia, la mujer no podía trabajar, ni cobrar su salario, ni ejercer el comercio, ni ocupar cargos, ni abrir cuentas corrientes en bancos, ni sacar su pasaporte, ni el carnet de conducir, etc. Si contraía matrimonio con un extranjero perdía la nacionalidad y era considerada extranjera -aunque no saliese en su vida de España-; entonces se le extendía carta de residente y perdía la eficacia de sus estudios, no podía ser funcionaria y necesitaba permiso para trabajar. Sin la licencia no podía aceptar o repudiar herencias, aunque fuesen de sus padres, ni pedir su partición, no ser albacea; ni ser tutor, ni ser testigo en testamentos, ni defenderse ante los tribunales (salvo en juicio criminal), ni defender sus bienes propios; ni vender o hipotecar estos bienes; ni disponer de las gananciales más que para hacer la compra diaria, aunque los gananciales procediesen de su sueldo o salario. Por el contrario, el marido podía disponer libremente de los gananciales (salvo inmuebles o establecimientos mercantiles) y ella no tenía más derecho que a recibir la mitad de lo que quedase al fallecer él. Estaba obligada a seguir al marido dondequiera que él fijase la residencia.

Y parece que esto nunca existió o que se hizo solo. No, no se hizo solo. La reforma está contenida en Leyes. Y para conseguir estas leyes, fuimos muchas las mujeres juristas que trabajamos años hasta la extenuación, sin ayudas ni subvenciones. Primero unas pocas desde una Comisión de estudios Jurídicos y luego desde la Asociación Española de Mujeres Juristas, ambas fundadas y presididas por mí. Divulgábamos el Derecho y conseguimos que por primera vez, la mujer española entrase en la Comisión de Codificación del Ministerio de Justicia para estudiar la reforma.

Cuando se aprobó la Constitución, que eliminó toda discriminación por razón de sexo, ya existía la Ley de 2 de mayo de 1975, que quitó la obediencia al marido (para lo cual sudé tinta china en la Comisión de Codificación), la licencia marital, que convirtió a la mujer en persona; dejó ésta de perder la nacionalidad por razón de matrimonio y barrió casi todas las discriminaciones antes mencionadas, dejando el camino libre para atacar dos fundamentales: la administración de los gananciales y la patria potestad., que juntamente con la filiación, el matrimonio y el divorcio, fueron objeto de las leyes de 13 de mayo de 1981 y 7 de julio del mismo año; pero los anteproyectos en que se basan estas dos leyes, los estudiamos en la Comisión de Codificación y los concluimos en el año 1978. Con su promulgación alcanzaron plena eficacia los principios de igualdad de la Constitución.

Comprendo que ha pasado mucho tiempo desde entonces, y las cosas se olvidan, tanto que yo ya soy una anciana de 82 años. Pero para saberlo, no hay más que investigar en las hemerotecas, que es donde se guarda la vida en vivo. Es curioso que haya cosas que siendo noticias durante años, luego se olviden obstinadamente sin saber bien por qué, pero lo que fue, fue.



El sistema de pensiones

Contraprogramar la pobreza

Según datos de 2017, solo el 42% de las mujeres cobran una pensión hoy día, y su cuantía es un 37% menor que la de los hombres. De modo que, si la brecha que nos separa salarialmente en los años profesionales ronda el 23%, la jubilación no hace sino acrecentar sustancialmente dicha injusticia. En el caso de las mujeres -de acuerdo con la doctora en Economía, Júlia Montserrat- dos tercios de esas pensiones no llegan, además, al salario mínimo interprofesional. Es decir, que de cada 10 mujeres hoy día, solo 4 cobran una pensión, y solo 1 de ellas cobra por encima de los 700 y poco euros al mes.

Haciendo un ejercicio de empatía, cuesta imaginar lo que debe ser enfrentarse al día a día para estas mujeres, otrora “trabajadoras”. Cálculos arriba, cálculos abajo… Pero lo que de verdad duele es imaginar lo que debe ser la vida para esas otras mujeres que lo que perciben son pensiones no contributivas. Porque, estas sí, están mayoritariamente dirigidas a las mujeres. Ese enorme “montón” de mujeres que “no trabajaron” fuera de casa, o que lo hicieron en la oscuridad legal de los trabajos peor pagados, y que hoy día arrastran sus últimos años con 370 euros al mes. Mujeres mayores por debajo del umbral de la pobreza.

Pobreza programada

Entre los motivos de esta pobreza programada, está, sin duda, la propia configuración de nuestro sistema de pensiones. Un sistema cuestionado estos últimos meses por los miles y miles de pensionistas que han tomado las calles en ejemplar ejercicio de democracia. Hombres y mujeres que cuestionan su justicia, a la par que reclaman su derecho a vivir con dignidad. ¿Pero qué hay de ellas? ¿No merece una mirada específica de género el actual cuestionamiento del sistema? Seguir leyendo

Hasta 1981...

Mis abuelas y la ley

En 1977, fue noticia que la Dirección General de Notariado dictara una resolución otorgando “la plena facultad de la mujer respecto a sus propios bienes, aun cuando sea casada y en régimen de gananciales” (!), generando el siguiente titular tan obvio en El País: La mujer casada podrá comprar bienes inmuebles El artículo nos informa de contradicciones que persistían vía varios artículos que garantizaban que el marido fuese el administrador único de esta sociedad, y salvo para la venta, podía disponer sin consulta ni permiso de los bienes gananciales. La mujer, en cambio, solo dispone libremente de los bienes gananciales para la cesta de la compra.

“Es decir, los bienes de inmediato consumo familiar, en los que la mujer dispone dado su papel tradicional y avalado por la ley, de dedicación al hogar y cuidado de éste.”

Hasta 1981, todas nuestras madres y abuelas debían pedir permiso a padre o marido para poder trabajar, cobrar su salario, vivir fuera de la casa paterna, ejercer el comercio, abrir cuentas corrientes en bancos, sacar su pasaporte, el carné de conducir…

Concepción Arenal estudió Derecho entre 1841 y 1846, como oyente y disfrazada de hombre. Solo en 1966 pudieron acceder las mujeres a los cargos de magistrada, juez o fiscal, pues «la mujer pondría en peligro ciertos atributos a los que no debe renunciar, como son la ternura, la delicadeza y la sensibilidad», de ejercer tales profesiones.

Pero aunque el tema de este proyecto se refiere al desarrollo profesional, no se puede dejar de recordar que “la venganza de la sangre” seguía siendo una facultar criminal concedida a padres y maridos para matar a hijas y esposas y a los hombres que yacían con ellas. Este “derecho”, recogido ya en el Código Penal de 1870 y reintroducido en la dictadura de Franco, no fue eliminado hasta 1963.

Las obreras en las fábricas

“Nunca nadie se ha opuesto a que las mujeres trabajen. A lo único que hay objeciones es a pagar a las mujeres para trabajar”.Gladys Strum, política de Saskatchewan, provincia del oeste de Canadá.

En la ciudad había un elevado número de puestos de trabajo en un determinado tipo de fábricas en las que las mujeres eran absolutamente mayoritarias: en la fábrica de tabacos, en la de cerillas, de tejidos y las relacionadas con la pesca, el salazón y las conservas.

Las trabajadoras de estas fábricas presentaban algunas notas comunes, además de la más destacable que era la composición del cuadro de personal dominado por mujeres, entre las que destacan las siguientes:

1) El pago de su trabajo por “obra hecha”: Esta circunstancia explica, en buena medida, la escasa participación de las mujeres de las fábricas en las reivindicaciones del <primero de Mayo de lucha por las ocho horas de trabajo de jornada máxima, ya que por si se pagaba por obra hecha, no les favorecía.

  • Por similares razones, tampoco se mostraron muy participativas en las múltiples huelgas generales anteriores a 1936. Lo cierto es que gracias a que las mujeres seguían trabajando, en las casas entraba al menos un jornal que “permitía” a maridos e hijos ir a la huelga.

2) Las diferencias salariales con respecto a sus compañeros: entre un tercio y la mitad menor. Contra esta discriminación no había huelgas de protesta (ellas no se lo podían permitir y a los hombres no les interesaba).

3) Las formas de protesta empleadas por las mujeres en las fábricas: fueron, hasta bien entrado el s. XX, “más espontáneas y más viscerales” (en forma de motín) que organizadas previamente (como las huelgas). Entre los motivos de protesta destacaban:

  • Los relacionados con abuso de autoridad por parte de los jefes
  • La falta, o mala calidad, de la materia prima que trabajaban (no podían trabajar o el resultado era de mala calidad y ellas trabajaban por “obra hecha”)
  • Demandas de aumento del pago (no es correcto decir salarial ya que no les pagaban por su tiempo de trabajo)
  • En apoyo a otros colectivos en huelga
  • Por tensión y rivalidad originada entre sindicatos propios pero de diferente signo ideológico

4) La convivencia familiar dentro de la misma fábrica: Era habitual que coincidieran varias generaciones de mujeres de la misma familia por el derecho preferente de las hijas cuando se precisaban nuevas operarias.

Algo que tiene relación con el contexto de miseria y la interpretación de la implicaicón y el conocimiento por parte de las organizaciones (públicas y privadas) de la época.Este mismo caso lo veremos en La empresa de Aguas de A Coruña

Así como en los hombres era habitual cambiar de fábrica o de edificio a lo largo de su vida, en el caso de las mujeres no se daba esta situación. Es decir, un elevado número de mujeres podía superar los 60 años de permanencia en la misma factoría ya que entraban con 9 o 10 años y trabajaban hasta que el cuerpo aguantase.

La prensa local recoge noticias de trabajadoras ancianas fallecidas durante el trabajo. Cuando se entraba en la fábrica, era para toda la vida

5) La tardanza en asociarse sindicalmente: Esto obedecía a varias razones entre las que tenía un peso importante la oposición que, en algunos casos, ofrecían sus compañeros a dejarlas asociarse, tanto formando nuevas organizaciones como “permitiéndoles” asociarse en las ya existentes formadas por hombres.

Las cigarreras fueron las que lograron organizarse con más eficacia, alcanzando mejoras salariales con respecto al resto de los colectivos de operarias de las restantes fábricas.

Privilegios muy arraigados


Actividades extradomésticas remuneradas

una de las principales conclusiones, de carácter cualitativo, se refiere a la constante omisión, por pudor cuando no mal intencionado olvido, respecto a datos que relacionen el trabajo y la ocupación de las mujeres con el dinero, de legitimar sus intereses y aportacións económicas incluso cuando esta se refería claramente las “actividades extradomésticas” y remuneradas“

Las pioneras lo hicieron porque no sabían, o no quisieron saber, que la ley se lo impedía. Todas y cada una de ellas, con mayor o menor relevancia pública o incluso desde el más puro anonimato, fueron abriendo brechas en el muro de la ley que protegía la evolución de un privilegio que mantenía el basallaje de la mitad de la problación.

Como ejemplos del sometimiento de la mujer al hombre encontramos múltiples preceptos dentro de nuestras normas jurídicas decimonónicas. El Código Civil español de 1889, vigente a día de hoy pero con importantes modificaciones en materia de igualdad entre sexos, señalaba en su artículo 1263 relativo a la materia contractual, que no podían prestar consentimiento:

  • 1º Los menores no emancipados
  • 2º Los locos o dementes y los sordomudos que no sepan escribir
  • Las mujeres casadas, en los casos expresados por la ley.

El artículo 57 del mismo texto legal, indicaba que «El marido ha de proteger a la mujer y esta obedecerle», o el artículo 60 que recogía la conocida como licencia marital, pues «El marido es el representante de su mujer. Esta no puede, sin su licencia, comparecer en juicio por sí o por medio de Procurador. (…)».

El Código Civil ha sido modificado por diversas normas que lo han ido adaptando a la realidad del tiempo en que nos encontramos, por ejemplo, a través de la Ley de 29 de abril de 1958, la de 2 de mayo de 1975, que eliminó la licencia marital, la Ley de 13 de mayo de 1981 o la de 7 de julio de 1981, por la que se autoriza el divorcio en España, u otras reformas más modernas como la operada por Ley 13/2005, de 1 de julio, por la que se modifica el Código Civil en materia de derecho a contraer matrimonio, entre otras. Las discriminaciones que acogía el Código Civil son tan clamorosas que ningún comentario requieren. (Evolución de la desigualdad profesional)



Comprada como el ganado, por trece duros de plata

A pie de calle las cosas iban cambiando, pero hubo que esperar hasta 1977 para la realidad, y las demandas, empezaran a tener reflejo en el ámbito de la ley.

La Dirección General de Registros y del Notariado de Madrid ha hecho pública ayer [17 de febrero de 11977] una resolución, fechada el día 8 de febrero, que decide la plena facultad de la mujer respecto a sus propios bienes, aun cuando sea casada y en régimen de gananciales. Según esta disposición, la mujer casada puede comprar al contado bienes inmuebles, por sí sola y sin consentimiento del marido.

Esto, que referido a los bienes parafernales -es decir, privativos de la mujer, al margen de los gananciales, comunes al matrimonio-, no añade a nivel puramente legal nada a la ley de Reforma del Código Civil, de 2 de mayo de 1975, sí resuelve el doble problema teórico que venía obstaculizando la plena capacidad de obrar de la mujer en lo que se refiere a sus propios bienes.

Efectivamente, había por un lado un problema teórico, al permanecer el marido como administrador de la sociedad de gananciales, qué venía dando lugar a una seria polémica entre los juristas.

Por otra parte, y ante esta ambigüedad de la ley, los notarios y registradores, o parte de ellos, se resistían al registro y legalización de estos actos realizados por mujeres casadas, y exigían la presencia del marido para certificar que, efectivamente, los bienes y dineros en uso eran privativos de la mujer y no gananciales. Otra forma de exigir el consentimiento, si es que lo había, que acababa de ser anulado por la ley.

La polémica

A partir del 2 de mayo en que se promulga la nueva ley, surge entre los juristas una dura polémica, dada la, al menos aparente, contradicción entre la supresión de la licencia marital, y la referencia del artículo 1387 -que determina que la mujer puede disponer por sí sola de los bienes parafernales- por un lado, y la persistencia de los artículos 591 y 1416, por los que perdura la administración legal del marido dela sociedad de gananciales, salvo pacto contrario.

El marido, como administrador de los bienes de esta particular sociedad, puede, según el artículo: 1413, actuar con los gananciales -y por supuesto con sus propios bienes-, con absoluta independencia, excepto en el caso de venta, en que debe contar con el consentimiento de su mujer. La mujer, en cambio, no puede obligar los bienes gananciales sin consentimiento marital.

Por otro lado, la reglamentación de la ley Hipotecaria, que afecta a los registradores, en su artículo 514 dice: «Serán inscribibles los actos y contratos realizados por mujer casada, debiendo el registrador hacer constar la falta de licencia marital en los casos en que esto fuera necesario, a los efectos de la posible acción de nulidad, prevista en el artículo 1301 del Código Civil.» Los registradores y notarios preferían hacer comparecer al marido, para que distinguiera esos bienes de los comunes.

La piedra de toque de esta ambigüedad está en la presunción de que mientras no se pruebe lo contrario, todos los bienes matrimoniales son gananciales (art. 1407).

La situación de la mujer

Ni la ley de 1975 ni esta nueva disposición adicional resuelven, con todo, la plena capacidad de la mujer, porque le discriminan todavía con respecto a los bienes gananciales, de los que la mujer sólo puede disponer en ese apartado que se conoce como cesta de la compra. Es decir, los bienes de inmediato consumo familiar, en los que la mujer dispone dado su papel tradicional y avalado por la ley, de dedicación al hogar y cuidado de éste. Administra pues lo que se refiere a la manutención diaria de la casa, y a esa serie de bienes muebles, y de consumo.

Hay que tener en cuenta que, según el artículo 1.401, son bienes gananciales «los adquiridos por medio oneroso después del matrimonio a costa del caudal común, bien se haga para el común o para uno de los dos; los obtenidos por:

  1. la industria, sueldo o trabajo de los cónyuges, o cualquiera de ellos
  2. los frutos rentas o intereses percibidos o devengados durante el matrimonio, procedentes de los bienes comunes o peculiares de cada uno».

Quiere esto decir que la mujer, pese a esta reforma, no puede disponer del total de su sueldo, ni de las rentas de sus propiedades privativas, mientras su marido, administrador nato, tiene plena libertad para todo excepto para la venta sin consentimiento.

Este régimen -el legal de gananciales- es el de base en la jurisdicción española; pero como el matrimonio es un contrato en múltiples campos, puede realizarse un pacto con infinitas variantes legales y a voluntad de los cónyuges- que se conoce como capitulaciones matrimoniales. La ley, de 1975 trae la innovación de permitir otorgar las capitulaciones después del matrimonio. Anteriormente, si éstas no se habían realizado antes, se consideraba definitivamente que el matrimonio entraba en el régimen legal de gananciales.

El desconocimiento de la ley, pese a que sigue siendo discriminatoria, impide muchas veces a la mujer apurar sus derechos. Por ejemplo, en el caso de muchos bancos, que, contra la ley, exigen consentimiento marital a la mujer a la hora de abrir cuenta corriente. Se han resistido porqué, desde una cuenta corriente, sobre todo cuantiosa, pueden ser obligados los bienes gananciales, para lo que la mujer no tiene capacidad jurídica.

Con todo, una vez abierta la cuenta, se podría obligar de hecho estos bienes, y siempre el marido tiene la opción de recurrir a la nulidad del acto legal.

Un pequeño avance

La disposición de ayer ha supuesto un «pequeño avance», en palabras de Cristina Alberdi. «No se puede ir por ahí probando que los bienes son parafernales o no. Mas la cosa se complica a la hora de los problemas matrimoniales, de la separación en o las muchas separaciones de hecho que hay en este país. La ley va abriendo posibilidades -añadió al EL PAIS- a nivel teórico, y sobre nivel práctico. Con todo, queda pendiente la cuestión de la administración de los gananciales del marido

Por otro lado, Carmen Llorca, presidenta de la Asociación de Mujeres Independientes, dijo a EL PAIS: «Es un paso adelante, pero no completo. La mujer sigue sin tener por sí sola la facultad para comprometer los bienes o rentas de la sociedad conyugal y el marido sí puede hacerlo. Por tanto, las diferencias continúan.» (El País, edición impresa del 18 de febrero de 1977)


En la esfera laboral

Hasta 1961 la mayoría de las ordenanzas y reglamentos de trabajo en empresas públicas y privadas establecieron despidos forzosos de las trabajadoras al contraer matrimonio y algunos reglamentos del régimen interior de las empresas prohibían a las mujeres ejercer puestos de dirección.

Además, hasta la abolición de la licencia marital en 1975, la mujer casada continuó necesitando el permiso de su esposo para:

  • firmar sus propios contratos de trabajo
  • ejercer el comercio
  • usufructuar su salario

Si estaban casadas en régimen de sociedad de gananciales sus salarios eran administrados por el esposo, situación que pervivió hasta la reforma del Código Civil de 1981.

La Ley de 22 de julio de 1961 prohibió, al menos formalmente, toda forma de discriminación en función del sexo y expresamente la salarial, cuestiones que, no obstante, todavía son discutidas en la actualidad. Pero, a partir de esa fecha, cuando las trabajadoras contraían nupcias, podían generalmente elegir entre tres opciones:

  • 1ª Continuar en su puesto
  • 2ª Acogerse a una excedencia temporal de uno a cinco años para dedicarse al cuidado de su familia
  • 3ª Asumir una excedencia permanente, tras recibir una indemnización.

"Los emprendedores coruñeres"


A principios de 2009 se presentaba en A Coruña la publicación de un trabajo de investigación histórica sobre las 25 empresas de la provincia más descatadas de los dos últimos siglos con el título: “Construyendo empresas. La trayectoria de los emprendedores coruñeses en perspectiva histórica, 1717-2006”.



Los dos (enormes) volúmenes del libro recogen la investigación desarrollada por tres miembros del Grupo de Historia de la Empresa de la Universidade de A Coruña que dedicaron un año a visitar empresas y archivos y a bucear en el histórico de Hacienda o en el registro mercantil -donde les pusieron un despacho y llegaron a confundirles con administrativos de la oficina- para escribir una historia que estaba pendiente de recuperar; el origen, desarrollo y muerte -en una mínima parte de los casos- de referentes industriales coruñeses como Maderas Cervigón, Sociedad Coruñesa de Urbanización, La Hispania o La Artística.

La intencionalidad de la investigación se pone de manifiesto en el primer volumen al que pertenece el siguiente extracto (las negritas son mías):

Las investigaciones en Historia empresarial se consideran y valoran en la actualidad con creciente interés por parte de los agentes económicos. Este interés, que deriva de varias direcciones, se puede resumir en los siguientes puntos.

  1. Desde el campo de la planificación corporativa, el estudio de los éxitos y fracasos empresariales, de las políticas, estrategias y tomas de decisiones específicas del pasado, sirven para determinar la relación con el contexto actual y proporcionan una ayuda inestimable para evitar proyecciones de futuro irrelevantes o erróneas, al tiempo que contribuyen a asumir las más adecuadas.
  2. Por otra parte, desde el campo del desarrollo de la gestión, el diagnóstico de deficiencias organizativas, la reorientación de directivos en tiempos de cambio y los estudios de caso para programas de formación en gestión, contribuyen a formar directivos con experiencia, conocimientos y cultura empresarial más amplia que la que les aporta su experiencia personal.
  3. En el campo de la mercadotecnia, el análisis de largo plazo proporciona temas para la publicidad, para el desarrollo y mantenimiento de la imagen corporativa y de marca y para el análisis de penetración salida de mercados históricos.
  4. Igualmente, desde el campo jurídico, la reunión de documentos históricos para la investigación legal, la determinación de hechos en apoyo de reclamaciones legales y los informes para los abogados sobre fundamentación de reclamaciones legales contribuyen a completar las fuentes jurídicas especializadas de las firmas.
  5. También desde el campo de los asuntos públicos, la reunión de historias relevantes del personal responsable de tratar con las Administraciones y grupos de interés proporciona ante- cedentes y contextos para los comportamientos públicos de la empresa y, por ello, más información.
  6. Finalmente, desde el campo de las relaciones públicas, las publicaciones de aniversarios, memorias anuales, folletos publicitarios o historias corporativas aumentan la información de los consumidores sobre la entidad.

El hecho de emplear la gran empresa, y por ello la dimensión, como instrumento de análisis no resulta casual y se debe a que el tamaño guarda relación según los expertos con la evolución económica general del país o región donde mantienen sus activos. Las grandes sociedades no tienen tanta relevancia para la generación de empleo, de renta o de tejido industrial como sin embargo acreditan las pequeñas y medianas—, sino que su alcance deriva del hecho de constituir instrumentos indispensables de desarrollo en actividades históricamente decisivas como el ferrocarril, las finanzas, la siderurgia, el tráfico marítimo o la minería, durante la primera revolución tecnológica —de comienzos del siglo XIX—, y la telefonía, la energía eléctrica y la química durante la segunda (finales del XIX). Así como ahora resultan esenciales en la construcción y obras públicas, en la distribución comercial, en las comunicaciones y en tantas otras actividades, las grandes firmas marcan la dirección de la inversión privada, las operaciones de exportación, la internacionalización de las actividades productivas, la articulación, modernización y desarrollo de un buen número de sectores como la industria transformadora de recursos agrarios y pesqueros, que para Galicia se manifiestan de vital importancia.

(—) Un rasgo compartido muchas de ellas fue la unión de la propiedad y la gestión. Esta característica, vinculada en gran medida con la dimensión de las iniciativas, solía ir asociada a su vez con el carácter familiar que mantenían casi todas. Acostumbraban a adoptar una forma jurídica personalista, aunque se produjeron casos puntuales en los que se transformaron en sociedades anónimas, a veces sin que la familia perdiese su control. Los vínculos familiares/personales resultaban determinantes para el desarrollo del sector empresarial atlántico y no siempre en sentido positivo. Por ejemplo, el fallecimiento de los gestores y/o fundadores de estas compañías podía generar graves dificultades en la sucesión de las firmas, no siempre resueltas con acierto.

Si bien es cierto que la información recogida en estos dos volúmenes aporta datos no muy conocidos, en muchos casos desvela particularidades y endogamias relevantes para comprender algunos rasgos de la economía de la provincia.

Por otro lado, ni siquiera es necesario aplicar a fondo la perspectiva de género para detectar los tremendos abusos y desigualdades hacia las mujeres (y su descendencia) cuyo papel en las historias se explicaban en la trayectoria de los hombres como “matrimonios afortunados”.

Si bien es cierto que las trabas legales fomentaban la primacía de los hombres y el apartamiento de las mujeres, en muchos casos se fueron encontrando soluciones alternativas, como se refleja en la abundancia de sociedades bajo las fórmulas del tipo “Viuda de” o “Viuda e hijos, entre otras. En la mayor parte de los casos analizados en este libro, la falta de visión y estrategia de las “empresas” (en muchos casos simples negocios afortunados y privilegiados) ni se molestaba en analizar las situación o las posibilidades. Pero entre todas ellas, merecen ser referenciadas las formas extremas de afrontar la situación de dos empresas que aún continúan en activo:

  1. Rubine e hijos, donde la matriarca de la familia, Joaquina López, la auténtica artífice de la supervivencia económica de la familia y de la repetida salida a flote de los negocios familiares.
  2. Torres y Sáez, que sí poseían visión y estrategia y trabajaron a fondo los estatutos y fórmulas de transmisión de la empresa, librándose al menos del mercantileo matrimonial que tanto denigraba a las mujeres y su descendencia.

Otra: el afán emprendedor de "los gallegos"

Un repaso a la historia constata el afán emprendedor de los gallegos

DECÍA, Y DICE, LA NOTICIA…

Un libro de la Fundación Caixa Galicia rescata del olvido a los pioneros en la lucha contra el atraso económico de la autonomía. La contribución de estas 24 figuras impulsó sectores como la cerámica, pesca, carne, conservas, naval, la banca o el de la energía

La sagacidad de los gallegos a la hora de emprender en el mundo de los negocios no es cosa tan sólo de los Amancio Ortega o Manuel Jove, ejemplos de unos pocos años hacia acá. Antes que Inditex o Fadesa, con muchísima antelación a Pescanova o Zeltia, ya había empresarios en Galicia capaces de figurar entre los líderes de la España de siglos como el XVIII. Para rescatar esta memoria histórica, el Centro de Investigación Económica e Financieira (CIEF) de la Fundación Caixa Galicia ha viajado en el tiempo para recopilar en un volumen la vida y milagros de 24 de estos precursores del actual dinamismo económico.

Empresarios de Galicia traza un interesante viaje que reivindica el papel jugado por estas figuras. Este volumen fue presentado ayer tanto en A Coruña como en Vigo. En la ciudad herculina participaron en su puesta de largo el director general de Caixa Galicia, José Luis Méndez, junto al responsable del Centro de Investigación Económica y Financiera de la Fundación, Alberto Meixide, y el coordinador del libro, el catedrático de Historia e Instituciones Económicas, Xoán Carmona. A la cita de la tarde en la ciudad olívica se sumaron Ramón Villares Paz, presidente del Consello da Cultura Galega, y Manuel Puga, titular de la Fundación Galicia-Empresa.

Según apuntó ayer Méndez, y destaca asimismo en una de las presentaciones del volumen, este trabajo “rompe os tópicos sobre a falta de espíritu empresarial dos galegos”. En un encorsetado mercado español, apunta, consiguieron llevar sus empresas a lideratos “en sectores como o da cerámica, da producción cárnica, da pesca, da conserva ou da construcción naval”.

Por su parte, Xoán Carmona, que trabajó codo con codo junto a los otros veinte prestigiosos autores del volumen, apuntó que, en muchas ocasiones, en las historias generales sobre la comunidad gallega “os empresarios non existen, aínda que si aparecen artistas ou políticos”. Sin embargo, destaca, este libro viene a demostrar que “Galicia ten unha importante tradición empresarial e ata unha identidade de empresa galega”.

En su aportación al volumen, Manuel Puga apunta que la obra sale de la necesidad de “recuperar para a memoria empresarios emblemáticos que foron quen de inaugurar ou impulsar un sector empresarial de Galicia”.

Ramón Villares, por su parte, argumenta que en el libro se encuentra el germen de algunas empresas “que hoxe ocupan o papel estelar na estrutura económica de Galicia”.




Rubine e hijos



Torres y Sáez



Salud de hierro tras 125 años

La empresa Torres y Sáez celebra su aniversario en la nave más grande del polígono de Pocomaco con el objetivo de seguir especializándose

El primer balance que se conserva de Torres y Sáez es de 1894. El resto es historia. Pero hace 125 años, la compañía se llamaba Fernández y Cerezo. Tomó su nombre actual en enero de 1926. Ya no hay rastro de la ferretería de Linares Rivas ni de la tienda de menaje de la plaza de Lugo, pero la empresa coruñesa, con presencia también en Vigo y Barcelona, sigue trabajando para mejorar la calidad del servicio y satisfacer las necesidades de sus clientes, desde grandes compañías y profesionales hasta chapuzas y apasionados del mantenimiento

Muchos coruñeses todavía recuerdan los cucharones y tornillos expuestos en la ferretería Torres y Saéz de la avenida Linares Rivas. Allí se instaló en 1926 hasta que hace nueve años bajó la verja. El cierre, más que un paso atrás, fue un impulso para la empresa, que, con 125 años de historia, ocupa la nave más grande del polígono de Pocomaco.

En su interior, además de oficinas y almacenes, hay un pequeño espacio dedicado al pasado. Artículos de ferretería que transportan al visitante a otra época, máquinas de escribir y catálogos que se conservan como obras de arte. Su presidente, Enrique Sáez, se enorgullece al mostrar un balance de 1894. La historia en un papel.

Torres y Sáez no es ninguna desconocida, pero quizá pocos sepan que nació como Fernández y Cerezo. No tomó su nombre actual hasta el 1 de enero de 1926, cuando Ángel Torres García y Manuel Sáez Torres, tío y sobrino, tomaron el mando de la compañía.

Ya nada queda de aquella tienda de ferretería en la esquina con Marcial del Adalid ni del establecimiento de menaje en la plaza de Lugo, pero el gigante de Pocomaco sigue trabajando para especializarse en suministro industrial. “Durar es adaptarse, ya lo decía Darwin”, cita Sáez, al que le importa el cliente por encima de todo.

La compañía coruñesa también se instaló en Vigo en 1916 y tiene presencia en Barcelona, una trayectoria que le permite llegar no solo a clientes profesionales y grandes empresas sino también a particulares enamorados de las chapuzas y el mantenimiento.

Además de mover cielo y tierra para dar con lo que el cliente necesita, Torres y Sáez se extiende sobre una superficie de mil metros cuadrados en Pocomaco. Y no es la única curiosidad que le caracteriza. Su presidente revela, como si de un secreto se tratase, que “tiene acceso ferrovario”, aunque sin uso. “Es increíble que en los años 60, cuando se hizo, hubo gente que pensó en la importancia de dotar la nave de líneas ferroviarias”, reflexiona.

La compañía, que “es pequeña pero tampoco tanto”, señala Sáez, mantiene una facturación conjunta superior a los 30 millones de euros y trabaja a diario con un objetivo claro, que a su vez es la clave del éxito: la especialización.

Emrique Sáez

“La clave es que nunca fue una empresa familiar típica ni de una sola persona”

“En el mundo actual, la dispersión está muy penalizada, hay que especializarse”

Enrique Sáez entró en el consejo de administración de Torres y Sáez en los años 80. Desde los 2000 ocupa el cargo de presidente. Tiene clara cuál es la clave del éxito que ha llevado a la compañía a cumplir 125 años: “La adaptación”.

¿Cómo define a Torres y Sáez?

Es una empresa tradicional que empezó en negocios tradicionales, con mucha dispersión de actividades: Era mayorista, detallista, tienda de ferretería y tienda de menaje, que estaba en la plaza de Lugo. Pero en el mundo actual, la dispersión está muy penalizada. En esta última fase nos hemos adaptado a la realidad. Torres y Sáez es un suministro industrial, con una fuerte especialización en la venta de aceros y también en protección laboral y herramientas.

¿Qué destacaría de su evolución? ¿Cuál es la clave?

Que nunca fue de una sola persona ni una empresa familiar típica. Desde hace un par de años, además, es totalmente profesional. Ya no hay accionistas que trabajen en la empresa.

¿Qué es lo más complicado?

Hay que reconvertir a la gente Cuando tienes una plantilla de 140 personas no es un ejercicio fácil. Yo a veces digo, de broma, que todo el mundo habla de las start ups pero nadie se acuerda de las start down, que seguimos generando empleo y atendiendo a nuestros clientes con eficacia usando las tecnologías modernas. Evolucionar siempre es complicado.

La marca también es relevante.

Por supuesto. Y los recursos propios. Las generaciones anteriores tuvieron la preocupación de capitalizar la empresa. En la vida nunca sabes lo que va a pasar porque hay crisis fuertes y errores. El hecho de no haber tenido un solo dueño hace que siempre haya habido un cierto hábito de consenso. Hay una vocación de empresario tradicional, de reinvertir en la empresa y no llevar el dinero a casa y vivir como marqueses.

¿Es fundamental la adaptación a las nuevas tecnologías?

Sí. La economía digital es muy importante. Estamos bastante bien de soporte informático aunque siempre hay que hacer más de lo que tienes.

¿Y la relación con el cliente?

Tenemos una base de clientes importantes y de muchos años, los conocemos bien. Dependemos de ellos. Queremos atenderlos bien y adaptarnos a sus necesidades. Para muchas empresas somos muy prácticos porque tenemos una gama muy amplia de cosas. Hay tiendas que nos tienen como proveedores, como Amazon. Somos capaces de solucionar muchas cosas.

¿Cómo se logra esa fidelidad?

Con especialización. Tenemos empleados que saben de eso. La ferretería profesional y el suministro industrial exigen gente con formación en producto. No es fácil porque hay mucha variedad. Siempre es al cliente al que hay que servir porque si no, no cumples tu función social.

¿Cuáles son los planes futuros de la empresa?

Queremos seguir en la misma línea, profundizando en nuestra especialización profesional. Somos una empresa totalmente profesional, adaptada al mundo que vivimos, y queremos ser cada vez mejores haciendo nuestro trabajo. Ahora ya no cambiamos de negocio, sino que profundizamos en lo que hemos hecho y tratamos de mejorar el servicio.

Todavía hay quien recuerda la ferretería del número 41 de la avenida de Linares Rivas.

Claro, como quien habla del cine Avenida. Los recuerdos se quedan ahí. Además, como era una esquina, era muy visible, también desde el coche. Y eso que no estaba en una gran zona comercial.

En Torres y Sáez se guarda un catálogo de los años 20, con recortes de tornillos, muebles y herramientas que se usaba como muestrario y que se conserva en perfectas condiciones. Hay también un balance de 1894 y máquinas de escribir de diferentes tamaños y épocas.

Las cerilleras

CORUÑA 1908: FABRICA CERILLAS VIUDA DE ZARAGÚETA

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Un incendio con fósforo (Historias de A Coruña | Edificios en llamas)

Uno de los incendios más sonados en A Coruña durante las primeras décadas del siglo XX fue el de la Fábrica de Cerillas, también conocida como la de Zaragüeta, pues así se apellidaba su propietario. Ubicada en el número 17 de la calle Castiñeiras, funcionaba desde 1871. Su dueño era hasta entonces el propietario de la factoría de Irún, pero debido a las dificultades causadas en el País Vasco por las guerras carlistas decidió trasladarse a la capital coruñesa a las instalaciones donde había funcionado con anterioridad una nave de fundición de Manuel Solórzano.

A partir de 1898, la empresa se incorporó al monopolio del Estado sobre los fósforos, que había sido establecido en 1892, funcionando como arrendataria del mismo. La fábrica proporcionaba trabajo a cerca de un centenar de mujeres que, a comienzos del siglo XX, ganaban entre 9 y 21 pesetas a la semana, trabajando en régimen de destajo. Eran conocidas popularmente como las misteiras, y, sobre ellas y sus reivindicaciones sociales, publicó un libro la historiadora Ana Pose (Fundación Luis Tilve, 1999).

Y fue el 9 de junio, sábado, cuando se declaró el incendio, poco después de que las empleadas hubiesen finalizado su trabajo. La causa parece que fue fortuita, aunque debida al material inflamable que almacenaba. Pronto el fuego alcanzó grandes dimensiones y pudo verse desde numerosos lugares de la ciudad. Tras avisar al parque de bomberos, las campanas de las iglesias daban la señal de alerta. La mayor dificultad fue que la bomba de vapor no podía actuar, pues pronto se quedó sin agua que la alimentase, y, cuando se quiso tomar del pozo de una finca cercana, hubo oposición de algunos vecinos pues la gente les iba a destrozar los sembrados, teniendo que imponerse al final la Guardia Civil para conseguir el líquido elemento.

Crónica

No obstante, la fábrica quedó completamente destruida, con la excepción de algunos útiles que pudieron salvar las propias empleadas. La Voz informó ampliamente, en su primera página, del siniestro. La crónica, que llevaba el sello de su futuro director Alejandro Barreiro, comenzaba así: «Acababa ayer el día tranquilo en La Coruña, sin emociones, cuando se extendió por la población la triste noticia: estaba ardiendo la antigua fábrica de fósforos de Zaragüeta, un establecimiento popular en toda España y muy simpático».

Como anécdota, triste, hay que citar que, aprovechando la confusión del incendio, muchas personas fueron sorprendidas llevándose paquetes con cajas de fósforos, siendo necesario el cacheo.

El efecto inmediato del siniestro fue que las obreras se quedaron sin trabajo, apuntando La Voz: «El voraz incendio ha llevado la miseria a cien honrados y modestos hogares, alimentados hasta hoy por reducidos, pero bien administrados jornales».

Sin embargo, y gracias a un intenso esfuerzo, la fábrica reanudó su trabajo el 20 de diciembre del mismo año, aunque las obras, dirigidas por el arquitecto Juan de Ciórraga, estaban sin terminar todavía, aprovechando que las naves tenían sus cubiertas colocadas.

Los trabajos de reconstrucción quedarían terminados a finales de 1907, pero la fábrica cerró sus puertas a mediados de febrero de 1908, pues había expirado el contrato que el sindicato del fósforo tenía con el Estado, quedando en la calle sus empleadas que, entonces ganaban entre 1,50 y 3 pesetas diarias (los obreros, unos 12, cobraban entre 2,75 y 4 pesetas). No obstante, a primeros de marzo, el personal despedido volvió a la factoría, pues Zaragüeta firmó otro contrato con el Estado, comprometiéndose a entregarle cada mes el doble de la producción anterior.

Guerra civil y cierre

Aunque en plena Guerra Civil española, la fábrica cerró durante varios meses, pronto reanudó su trabajo, a principios de mayo de 1938, pues durante el conflicto bélico habían quedado destruidas las factorías de fósforos de Irún y Oviedo, no funcionaba la madrileña de Carabanchel y no podía contarse, por estar en zona republicana, las de Valencia y Alcoy, disponiendo la España de Franco las de Sevilla, Tarazona y Palma.

Para trabajar en la nueva etapa de la fábrica, era necesario presentar certificados de adhesión al Movimiento Nacional, motivo por el cual serían rechazados parte de los antiguos empleados. En total, reanudaron la actividad cerca de 300 obreros.

La empresa dejó su actividad en los años 50. Hoy sólo queda como recuerdo una estatua de homenaje a las misteiras en la plaza de Monforte, original del escultor Xosé Castiñeiras, inaugurada en noviembre del 2000.

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viudas_de.txt · Última modificación: 2020/05/24 13:40 por isabel